Este es un post largo. No sé como hacerlo más corto y, si me apuras, no quiero hacerlo (más corto)
Me unen muchas cosas a Álvaro. Es, más o menos, de mi edad y, como yo, tiene 8 hijos (el mayor va para los 18 y la pequeña para los 4); de todas las edades… como él suele decir.
De Álvaro, específicamente, de su historia, que es una historia corriente como tantas otras, hablaré algún otro día. Baste mencionar hoy, y solo para situaros, que es un profesional autónomo de clase media al que, en otros momentos, las cosas le fueron razonablemente bien en el terreno económico y que, ahora, lleva ya unos años que no levanta cabeza. Literalmente.
Pero hoy, aun refiriéndome a él, quiero hablar de otras cosas.
Álvaro no se entera. Bueno, sí, pero le cuesta un mundo apurar la hiel que, compañera impenitente de los últimos tiempos, le acompaña.
Uno de sus hijos, Alex, hace este próximo sábado su Primera Comunión (con mayúsculas) y, como digo, Álvaro no termina de enterarse. Sabe, sí, que lo único importante es que su hijo reciba al Santísimo por primera vez. Lo tiene claro, pero…
Bueno, en la familia son diez (padre, madre y los ocho hijos) y ese día nadie estrenará “un calcetín”. Me dice, y le creo, que verdaderamente a él no le importa nada llevar el único traje que le queda y los calcetines remendados con más costuras que un torero de mala suerte… Pero, añade, como padre que es, le da una pena enorme que Alexillo no pueda estrenar ese día ni los zapatos… y que su mujer lleve, con mucho estilo ¡eh!, el mismo vestido de “todas las ocasiones”, o que el resto de sus hijos, que son, lo aseguro yo que los conozco bien, realmente excepcionales vayan, muy guapos como siempre, pero… con lo de siempre.
Y sí, si lo importante es lo que es importante, pero a Álvaro, que se sabe y siente culpable de la situación, extremadamente precaria, en la que vive su familia, se le oscurece el alma (y también se alegra, y da gracias a Dios, claro) al ver la sonrisa con la que, todos en su casa, aceptan la permanente renuncia a la que, por su incapacidad como cabeza de familia, se ven sometidos desde hace tanto.
Las familias de Álvaro y la de su mujer son largas. Razonablemente largas. Y me cuenta Álvaro que, excepto sus padres (solo los de él) que siempre han estado ahí, siempre, (de hecho son los que van a pagar una sencilla comida estrictamente familiar en un merendero) y que, pensionistas como son, no pueden hacer nada más, nadie de la familia, (que vendrá a comer y a celebrar cristianamente el acontecimiento) de los que pueden, que alguno que otro hay, ha hecho una llamada para ver si hace falta echar una mano… Es verdad que más de uno no sabe de la situación en la que están, pero, tengo para mí que también más de uno es que no quiere saberlo. Y Álvaro me insiste en que ya le han ayudado en otras (bastantes) ocasiones y que (les debe a casi todos un buen montón de dinero), como es lógico, no pueden hacerlo permanentemente… Y yo le digo que se equivoca, que la familia, como los amigos, ya lo dice la jota aragonesa, es como la sangre, que acude, a la herida, siempre y hasta el final, sin que se la llame…
Alguno no sabe, por ejemplo, que hoy, que es el día en que Álvaro me ha estado contando todo esto, a tres días de la Primera Comunión de su hijo Alex, no ha podido entregar los cuarenta euros que le piden en el “cole” del chaval como contribución en el pago de las flores que adornaran la ceremonia.
Hoy, en su casa, me dice, le queda por todo capital un euro y veinticinco céntimos (y no es una expresión, ha subrayado, enfático, cuando me hacía esa amarga confidencia) y pese a que debería estar muy contento porque su hijo hace la Primera Comunión, no consigue estarlo… Y eso es, seguramente, porque Álvaro no termina de enterarse…
Nos vemos.




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