-Pss… qué quieres que te diga. Yo creo que no merece la pena.
-Pues yo creo que sí.
-Ya, pero es que la mayor parte del trabajo lo hago yo. Tú te limitas a repasar lo que hago y a decirme, corrige esto, cambia aquello… Pero luego soy yo el que lo hace todo y, me estoy cansando…
-Pero bueno, cansando… cansando… ¿se puede saber exactamente de qué te estás cansando?
-Pues ya te lo he dicho. Esto lleva un trabajo… y nadie lo ve…
-¡Cómo que nadie lo ve! ¡Eso no es verdad!
-Te lo digo yo… ¡nadie! Muchas veces me parece que esto es como jugar al frontón, o, peor aún, hacer solitarios con las cartas.
-Pero ¿y las estadísticas?…
-¡Ah! Sí, las estadísticas… ¡menuda mentira!…
-¿Cómo mentira?
-Pues que no me las creo. Para nada.
-Pero ¿por qué?
-¡Joder! porque no. Porque yo nunca me he comido medio pollo ni conozco a nadie que tenga 1,6 hijos, ni me he gastado jamás 300 euros en los reyes de cada uno de los niños…
-Ya, pero ésas son otras estadísticas. Las de aquí yo sí me las creería. Y no te van mal, la verdad, estás, en poco más de dos meses, en una buena cifra… te lo digo yo… que las he mirado.
-Pues yo no me las creo mucho.
-Ya, pero es que tú no te crees mucho casi nada.
-Y, entonces, ¿por qué no dicen algo? Si lo ven… si vuelven a pasar… ¿por qué casi nadie dice… nada?
-Acabáramos, tú lo que quieres es que te regalen el oído… o, mejor, que te den tralla, que no me lo negarás, que siempre te ha ido la marcha…
-No, no te creas… yo creo que no, vamos… -o sí, ¡qué se yo! Es… bueno, sencillamente, que me gustaría saber que esto le sirve o le interesa a alguien; que detrás de ti y de mí no está solo la pantalla… ¡sola!
Brúscamente, dejó de hablar consigo.
Había oído un ligero carraspeo. Se giró y lo vió allí, frente a él, en el otro lado del monitor. Atento. Sonriéndose ligeramente.
Alguien estaba leyendo el blog…
Nos vemos.





«Hay consenso en que el aborto es un mal social que hay que evitar. Sin embargo, en los países en que se ha liberalizado el aborto, éstos han aumentado. En los Estados Unidos, en los primeros diez años, se triplicó, y la cifra se mantiene: la costumbre se instaló. Lo mismo sucedió en España. (...) Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. (...) El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados.» 












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