Permaneciendo entre ellos, ese fue su mayor triunfo, consiguió que lo olvidaran. Un cuento de Pablo G.

Aunque no del todo, se fue apartando de la multitud sin que ellos se dieran cuenta. Y, al poco, no lo veían.

Él, sin embargo, era quien había empezado el rugido, iniciado la marea. A su llamada verdaderas muchedumbres habían acudido. No eran realmente conscientes del dictado que seguían; o no todos; pero se habían presentado impelidos por aquel flujo imperceptible y poderoso que él había iniciado.

Les había prometido que alcanzarían la victoria, y que lo conseguirían sin apenas esfuerzo. Él tenía los medios y la capacidad para conseguirlo.

Luego, pasado un tiempo, a los que empezaron a dudar reconociendo, aunque sólo fuera de lejos, el sufrimiento al que los sometía, los convenció de que no había destino ni victoria que alcanzar, que sólo el camino merecía la pena. Y, permaneciendo entre ellos, ese fue su mayor triunfo, consiguió que lo olvidaran.

De entre tantos, escondido como estaba, ya sólo unos pocos se daban cuenta de su presencia; y, ellos sí, lo veían claramente. Así lo había querido. Eran los elegidos. Los había seleccionado, uno a uno, con esmero. Se había cuidado muy bien, desde el principio, de enseñarles los signos para que lo reconocieran. Y ellos habían aprendido a escucharlo aun cuando les hablara muy de lejos. Y a obedecerle ciegamente.

Maltrataba a muchos de éstos, pero a otros, a los mejores de entre ellos, los recompensaba espléndidamente. Con largueza. Y así le eran fieles, esperando más. Siempre más.

La masa de gente, guiada a su son por sus cabecillas, caminaba por el camino, contenta, entre bullas y fiestas. De lejos, parecían los hombres más felices de la tierra. Sin embargo, aunque gracias a él muchas veces no se daban cuenta, no lo eran. Sufrían todo tipo de desgracias. No podía ser de otro modo y a él, además, le convenía. En el infortunio, siempre encontraba un medio de distraerlos, ofreciéndoles algo que los hiciera creer que esquivaban el dolor al que los conducía.

Por el camino de enfrente, y muchas veces entre ellos, andaban los hombres libres. Y a éstos, él que era tan poderoso, los temía. Ellos, sin ser de los suyos, lo reconocían con toda facilidad, y, por más que tratara de pasar desapercibido, siempre lo señalaban. Entonces, de entre la gente, dependiendo de los momentos y el ímpetu de los hombres libres, algunos lo descubrían. Y se apartaban de él huyendo como de la peste. Y, haciéndolo, se convertían a su vez en hombres libres y lo repudiaban ante los otros.

Esto, que estorbaba a sus planes y le molestaba profundamente, sin embargo, en el fondo, no le preocupaba gran cosa. Era muy paciente y, protegido por sus elegidos, pronto conseguía, de nuevo, ser ignorado por la mayoría. Los demás, la multitud ciega, al ver a los hombres libres apuntar al vacío que él ocupaba, se burlaban. Les causaba risa la locura de quien afirmaba ver algo donde ellos sólo encontraban la nada. Y les decían que no fueran niños, que despertaran y salieran de su locura e ignorancia. A eso ayudaban sobremanera sus elegidos. Incitando a la turba desde sus posiciones, estratégicamente conquistadas, conseguían que las burlas sobre los hombres libres aumentaran de tono, que la masa los acallara. Y así, desde el principio, habían ido caminando unos con otros. En una lucha permanente que él, antes de empezar, sabía perfectamente que tenía perdida.

Todo su afán era limitar el número de hombres libres…

Sabiendo, como sabía, que la batalla final la tenía perdida de antemano, se aplicó, mientras tanto, en causar grandes bajas a su enemigo. Y consiguió, al menos temporalmente, ganar batallas que le dieron bastante prestigio.

Todo su afán era limitar el número de hombres libres. Convenciéndolos de que, sólo siguiéndolo, podrían serlo. Lo adornaba bien. En eso era un verdadero maestro. Al fin y al cabo, su luz seguía siendo muy brillante y cautivadora, y cegaba a cuantos a él se acercaban sin la debida protección. Aprovechándose de eso, era en realidad como consiguió que cuando lo miraban, no lo vieran a él, sino a la luz que despedía.

Ocultarse de ellos y convencerlos de que no existía, era su mayor triunfo. Luego, parapetado en éste, el camino para alcanzar otros, se le allanó.

Una de las cosas más brillantes que había conseguido, era hacer creer a un grupo selecto de imbéciles, que eran la vanguardia de la intelectualidad y el progreso. Y no es que fueran cortos de entendimiento, no. En realidad muchas veces, no todas, era al revés. Se trataba de hombres que, como hiciera él al principio de todo, eran conscientes en buena medida de sus capacidades. Y, él se había encargado, se habían envanecido con ellas. Ese recurso era siempre el primero que manejaba. La soberbia lo puede todo. Y, sobre todo al principio, es fácil disfrazarla con el ansia de conocer, de mejorar. Luego, llevarlos a la idea de que eran únicos y que sólo ellos podían distinguir la realidad del mito fue muy fácil. Y, así, les hizo creer que ellos eran los auténticos hombres libres y que los otros, los verdaderos, no eran sino comparsas de la gran mentira.

Los auténticos hombres libres conocían bien la verdad

Los auténticos hombres libres conocían bien la verdad. Lo veían y, con frecuencia, se alertaban entre ellos de su presencia y procuraban desenmascararlo ante los demás. Entonces, redoblaba su esfuerzo en alentar al grupo de sus escogidos, a la vanguardia de la intelectualidad, a la progresía informada, para que lo defendieran de sus peores enemigos. De la verdad. De la libertad.

Así, su gente, voceaba por todos los medios, y tenían muchos, que los otros, los hombres libres, los que lo señalaban, eran los enemigos de la razón y, qué ironía, de la libertad. Y, estaba muy orgulloso de ello, buena parte de las multitudes que lo ignoraban, haciéndolo, le seguían.

Era una burla en la que se recreaba. Él, que detestaba la libertad, que había puesto desde siempre los medios para anularla en cuantos le seguían, a los que manejaba con la facilidad con la que el viento agita el polvo en el camino, él, que abominaba de cuanto de humano había a su alrededor, él, presentaba a los suyos, a los que había apartado de su condición de hombres libres, como campeones de la libertad. Y a los otros, a los que sí lo eran, los había marcado, a fuego, ante los demás como peones reaccionarios de la peor sinrazón. Y alentaba el escarnio público al que los sometía. Y, poco a poco, con ello, menguaba el número de hombres libres o la fuerza de éstos para señalarlo. Y, ocultándose más y mejor, ganado el silencio de los únicos que lo veían, crecía y crecía, haciéndose así más poderoso y oscuro detrás de la luz con la que engañaba a los que se le sometían.

Lo tuvo todo para ganar. Y perdió.

La lucha parecía no tener fin. Y convenció a muchos de que la abandonaran porque no podían nada contra él; más aún cuando él ni siquiera existía. No era caso, les decía, pelear cuando no hay contra quién hacerlo.

Así, sus elegidos y cuantos ignorándolo le seguían, por épocas, eran más numerosos que las gotas de agua en el mar. O eso les hacía creer a unos y otros. Desde el principio tuvo gente, tuvo medios; tuvo a su favor todas las debilidades humanas que él mismo hizo surgir desde el corazón de los hombres. Lo tuvo todo para ganar.

Y perdió.

Ganando muchas batallas; sí. Arrastrando a muchos hombres libres en el camino, sí. Causando dolor y angustia para una eternidad, sí. Pero perdió.

Él ya lo sabía. Al fin y al cabo, aunque hizo lo imposible para que no se dieran cuenta, los hombres libres no estaban solos. Eran los hijos de su Enemigo. Y éste era infinitamente poderoso. Nada que ver con él mismo, como sabía cuando se le enfrentó. El Enemigo, trataba a los hombres libres como tales. Y no los llevaba todo el tiempo de su mano, dejándolos hacer o deshacer según su voluntad. Pero siempre estaba allí. Dispuesto para ellos. Bastaba con que acudieran a Él. Y, cuando lo hacían, tenían la victoria asegurada. Y él, una luz bella pero oscura como el peor de los horrores, nunca pudo, lo sabía cuando todo empezó, hundir la barca de Pedro. La piedra sobre la que los hombres libres, la conocieran o no, levantaron su victoria.

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13 Responses to “Historias y Cuentos…”


  1. 1 luismi García Navarro 13, diciembre, 2008 en 4:19 pm

    hola papá stoy en el club esto lo leerás muy tarde pero bueno.Adios.

  2. 3 luismi 30, diciembre, 2008 en 12:09 pm

    No lo encuentro papá, en casa me lo enseñas, sigo sin pillarlo un beso.Adios

  3. 5 Alberto 22, enero, 2009 en 7:30 pm

    Es buenísimo. Un abrazo.

  4. 7 Ana 13, mayo, 2009 en 10:42 pm

    Muchas gracias por el relato. Con tanto sinsentido, conviene no olvidarlo, a veces nos desanimamos. Un abrazo fuerte.

  5. 8 davidpinedo 14, mayo, 2009 en 9:02 pm

    Ese Luismi es un crac!!

  6. 9 Indalecio Regueira 29, mayo, 2009 en 1:18 pm

    Una sucesión de obligaciones cerebrales, convertidas en unas situaciones disparatadamente normales.
    Atención:

    ¿Como explicar el hecho de que cada adelanto en la virtúd, sea seguido por un nuevo vicio?.
    Admitiendo que esta teoria sea cierta, ( en mí lo es), es preciso soportar nuestros vicios y gozar de los remordimientos que les acompañan, para aproximarnos a la ventanilla de la cordura humana. Buscar la virtud equivale a tratar de huir de la prisión de nuestros vicios, acomodandolos bien atados, pues normalmente los vicios matan pero son humanos, de este modo los humanos, el vicio y la cordura, son sinónimos, o bien pensado, viven juntos, y los tres son prisioneros, y amos a la vez.
    Bueno, pues ya tenemos materia prima, la virtud, el vicio, los remordimientos, la cordura, podemos añadir la satisfacción, y el desasosiego, con todo esto hacemos un caldo, y nos sale casi cualquier persona….bueno, y si le ponemos un poquito de pasión, podemos empezar una situación:
    Una virtud que se sentía sola, se puso a buscar a alguien con quien pasar el rato, cuando de prónto se encontró con un vicio carnal, de lo mas soéz, pero aún no siendo de su agrado, le prestó atención. Al poco rato sintió una atracción algo fuera de lo común, un cosquilleo le recorrió su estómago hasta producirle un ligero mareo, o algo parecido, cuando de pronto apareció un remordimiento, que le produjo una arcada acompañada de unas taquicardias. Las dos sensaciones lucharos por el poder de la virtúd.
    Empatejia, en un momento el instinto carnal, soltó sus mejores armas, (aromas, testuras, e imajenes), con tal eficacia que logró situar al placer por encima del remordimiento, este a su vez, atacó presentando un estado de culpa, con algún riesgo físico. No logró su cometido, el placer aplastó todo intento de conciencia, produciendo una intensa y sabrosa sensación placentera, aconpañado de un inmenso relax. La virtúd despues de esa lujuriosa y placentera sensación, se acordó de su conciencia, esta estaba aplastada contra si misma, y con todas sus defensas bajas.
    En este momento, entró una joven ansiedad, que le produjo a nuestra virtud un estado de duda, encendió un pitillo, y se sirvió una copa de vino, esto le produjo una nueva satisfacción que sumada a su lujuria, aplastó definitivamente al remordimiento, volviendo al placer carnal con un orgasmo bien placentero. Despues de dejar todo tipo de control consciente, y de saborear bien profundamente tan esquisita experiencia, la virtud queda plenamente convencida, del manejo mas positivo de las circunstancias. Pasando de remordimientos, y disfrutando de los placeres….
    Ja.
    ¿Como explicar el hecho, de que cada adelanto en la virtúd,sea seguido por un nuevo vicio?.
    Coruña- 15-o4-09-Lezo.

  7. 10 Indalecio Regueira 29, mayo, 2009 en 1:22 pm

    ¿Donde duermen las tormentas?.
    El viernes pasado, en el cumpleaños de una sobrina, me puse a jugar con Maria, es otra sobrina que solo tiene dos añitos, tiene los ojos como de cristál, de un azúl tan intenso que hace dilatar las pupilas cuando la miras, y una expresión que hace entender todo lo que quiere, con solo parpadear. Su voz es lo mas parecido al sonido armónico de algún violín que suene dentro del alma. Me tiene un poco de miedo, casi todos los niños de esa edad, tienen respeto al sonido de mi voz, pero jugando un poquito con ella, me cuenta cosas, y ese día, me preguntó:
     
    ¿donde duermen las tormentas?
    yo le contesté, que despues del cielo,
     
    ¿y el sol y la luna, donde duermen?
     
    tambien despues del cielo.
     
    Ella se quedó pensando, y no me preguntó mas, pero al poco rato me dijo:
     
    ¿despues del cielo quien hay?.
     
    despues del cielo estan todas esas cosas durmiendo placidamente, es un sitio muy grande.
     
    ella se quedó tranquila.
    Cuando me marché, sé que le dijo a su madre, que despues del cielo se duerme muy bien.
     
    Pues es ahí, donde encontraras todas tus dudas, no tienes mas que irte a dormir alguna noche que quieras, con la luna, el sol, y las tormentas, ahí te diran donde encontrar respuestas a todas tus dudas con tus sentimientos, porque ahí en donde duermen todos los sentimientos de todos los niños y todas las niñas del mundo.
    Esto es un secreto, no se lo puedes decir a nadie, bueno si, pero solo a alguien que quiera bien a sus sentimientos.
     
    Cuando quieras vas, pero con una codición, me lo tienes que contar con pelos y señales. ¿Vale?.
     Lezo.14-04-09.Coruña.

  8. 11 Indalecio Regueira 29, mayo, 2009 en 1:32 pm

    Mando estos escritos con la intención de que sean leidos, no sé si es el sitio adecuado, por favor indicarme los pasos a seguir para este menester. Muchas gracias desde esta galicia tan linda.

  9. 12 Indalecio Regueira 29, mayo, 2009 en 1:33 pm

    El momento

    Aquí estoy, en medio de mi. Siento que las cosas se menean alrrededor de mi. Siento que la vida es como los pasatiempos, a veces los solucionas y otras no, pero no pasa nada, el mundo continua a tu alrrededor, y por mucho que quieras menearte con él, es imposible. Hay algo que desconozco que no logro parar, ni hacerlo menear. Lo hace solo, y no sé como. Esto ocurre de un modo incoherente, pues nunca tienes claro cuál es tu lugar exacto, por mucho que te menees. Nunca estás en el sitio mejor, ni peor. Estas en tu sitio, y ese no es el adecuado normalmente. Aunque puede que si, que simplemente hay que pararse a disfrutar el lugar donde estas en ese preciso momente, y no pensar ni sentir el despues, ni el antes.
    ¿Pero como se hará?. Yo no se hacerlo, y ya soy un adulto. ¿O el problema es ese?.
    Los niños si que viven el momento exacto de su preciso momento, por lo tanto, ¿son mas listos los niños que los adultos?, ¿o solo yo soy mas tonto que los niños?.No lose pero ahora mismo solo estoy escribiendo y estoy bien.
    Bueno pues simplemente las cosas son así, sin que nadie tenga acceso a menearlas sin más. Ahora bien, tambien podemos elegir ciertos momentos u otros, pero el tiempo pasa, y tu elección ya no vale para otro momento, solo para el momento exacto, para otro no.
    Eso es lo que me confunde, que hay veces que no elijes tú, lo elije el momento y tú te encuentras ya ahí, despues del de antes, sin saber porqué, ni como.
    La vida son un montón de momentos, ¿cuantos relamente son nuestros?, y, ¿cuantosson solamente de los momentos?, ¿habrá algún modo de menear los momentos a tu antojo?, no lo creo, pero si un día solo de nuestras vidas, o solo diez minutos, somos capaces de menearnos a nuestro antojo, tiene que ser la hostia madre. Si encuentras algún momento que solo sea de tu creación, dímelo, seguro que es un encanto de momento, pero cuando me lo digas, ya pasó, entonces no no se puede contar ni un solo momento, siempre lo contarías como otro momento que pasaste.
    Esto de los momentos es el copón, pero la verdad es que me tiene preocupado, y no, porque nunca los doy cazado, son como los saltamontes, o los mosquitos, te pican y luego ya no están. El caso es que te deseo tu mejor momento en este preciso momento.

    Indalecio Regueira.
    Ourense-28-10-08.


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